La idea de que cada persona aprende mejor según un estilo fijo —visual, auditivo o kinestésico— es uno de los neuromitos educativos más extendidos, junto con la creencia de que existen personas dominadas por el hemisferio izquierdo o el hemisferio derecho. Según esta propuesta, habría estudiantes que aprenden mejor viendo imágenes, otros escuchando explicaciones y otros manipulando objetos o moviéndose.
La propuesta parece intuitiva. Todas las personas tienen preferencias: algunas disfrutan los esquemas, otras prefieren escuchar una explicación y otras comprenden mejor cuando practican. Pero una preferencia no demuestra que se aprenda más cuando toda la enseñanza se adapta a esa supuesta categoría.
La idea clave es esta: adaptar la enseñanza al contenido, al nivel del estudiante y a estrategias de aprendizaje eficaces es útil; clasificar a las personas como visuales, auditivas o kinestésicas y enseñarles principalmente según esa etiqueta no cuenta con apoyo sólido.
Qué afirma el mito de los estilos de aprendizaje
El mito suele presentarse de forma sencilla: si una persona es “visual”, aprenderá mejor con imágenes, mapas mentales o diagramas; si es “auditiva”, aprenderá mejor escuchando explicaciones; si es “kinestésica”, aprenderá mejor mediante movimiento, manipulación o actividades prácticas.
El problema no está en usar imágenes, explicaciones orales o actividades prácticas. Todas esas herramientas pueden ser valiosas. El problema está en afirmar que cada estudiante posee un estilo dominante, estable y general, y que aprenderá peor si no se le enseña principalmente en ese formato.
Esta idea se conoce como hipótesis de emparejamiento: primero se identifica el estilo del estudiante y después se adapta la enseñanza a ese estilo. Para que la hipótesis fuera correcta, los estudiantes clasificados como visuales deberían rendir mejor con materiales visuales que con materiales auditivos, mientras que los auditivos deberían mostrar el patrón contrario.
La investigación disponible no respalda de forma consistente esa predicción.
Preferencias, capacidades y estrategias no son lo mismo
Una parte importante de la confusión procede de mezclar tres conceptos diferentes: preferencias, capacidades y estrategias.
- Preferencia: lo que una persona dice que le gusta o le resulta cómodo.
- Capacidad: una habilidad real, como comprensión lectora, memoria de trabajo, vocabulario, razonamiento espacial o dominio de una técnica.
- Estrategia: una forma concreta de estudiar o enseñar, como practicar recuperación, espaciar repasos o resolver problemas.
Las preferencias existen y pueden influir en la motivación. Una persona puede disfrutar haciendo esquemas y otra puede sentirse más cómoda explicando en voz alta. Pero eso no demuestra que una de ellas aprenda siempre mejor con imágenes y la otra siempre mejor mediante audio.
Las capacidades sí pueden afectar al aprendizaje. Un estudiante con poco vocabulario puede necesitar más apoyo lingüístico; otro con conocimientos previos sólidos puede avanzar más rápido. Estas diferencias son relevantes, pero no encajan de forma simple en tres estilos fijos.
Las estrategias, por su parte, pueden mejorar el aprendizaje cuando se aplican bien. La práctica de recuperación, el repaso espaciado, la retroalimentación, la elaboración y la resolución de problemas cuentan con mejor apoyo que la clasificación visual-auditivo-kinestésico.
Cómo debería probarse la hipótesis de emparejamiento
Para demostrar que los estilos de aprendizaje funcionan, no basta con preguntar a los estudiantes cómo prefieren estudiar. Tampoco basta con observar que algunos disfrutan más con imágenes o actividades prácticas.
La prueba adecuada exige clasificar a los participantes según su supuesto estilo, asignarlos a métodos de enseñanza diferentes y comparar después el rendimiento. La hipótesis solo recibiría apoyo si apareciera una interacción clara: los visuales tendrían que rendir mejor con enseñanza visual y los auditivos con enseñanza auditiva.
Las revisiones más influyentes han señalado que ese patrón no aparece de forma robusta. Muchos estudios no evalúan realmente la hipótesis de emparejamiento, otros confunden satisfacción con aprendizaje y otros no controlan bien el conocimiento previo o la dificultad del material.
Esto no significa que todas las personas aprendan igual. Significa que la clasificación visual-auditivo-kinestésico no es una base fiable para decidir cómo enseñar.
El contenido importa más que la etiqueta
Una forma más precisa de plantearlo es esta: el mejor formato depende muchas veces del contenido.
- Para aprender geografía, los mapas son importantes.
- Para estudiar anatomía, las imágenes y los modelos pueden ayudar.
- Para aprender pronunciación, escuchar ejemplos es esencial.
- Para adquirir una habilidad motora, la práctica física es necesaria.
- Para resolver matemáticas, conviene combinar explicación, representación y práctica guiada.
Eso no ocurre porque una persona sea “visual” o “auditiva”. Ocurre porque determinados contenidos se representan mejor de una forma concreta. Un estudiante no necesita que todo se adapte a una etiqueta; necesita que el método tenga sentido para lo que está aprendiendo.
Por qué el mito sigue siendo tan popular
Los estilos de aprendizaje siguen siendo populares porque ofrecen una explicación simple y amable. Dicen a cada persona que tiene una forma propia de aprender y que, si encuentra el método correcto, todo será más fácil.
También resultan atractivos para docentes y familias porque parecen una herramienta rápida de personalización: un test breve, una categoría clara y una recomendación inmediata. El problema es que la educación real es mucho más compleja.
Aprender depende de conocimientos previos, atención, práctica, dificultad de la tarea, motivación, calidad de la explicación, sueño, memoria, contexto, retroalimentación y tiempo. Reducir todo eso a tres estilos puede ocultar los factores que realmente importan.
El mito también encaja con otras explicaciones populares sobre el cerebro, como la idea de que solo utilizamos el 10 % del cerebro. Ambos relatos convierten procesos complejos en categorías simples, fáciles de recordar y difíciles de justificar científicamente.
El riesgo de convertir una preferencia en identidad
Las etiquetas pueden limitar. Un estudiante que se considera “visual” puede evitar textos exigentes. Otro que se define como “kinestésico” puede pensar que no sirve para estudiar conceptos abstractos. La etiqueta acaba funcionando como excusa o barrera.
Además, una persona puede rendir de manera distinta según la tarea. Puede preferir diagramas para anatomía, audio para pronunciación y práctica escrita para matemáticas. Eso contradice la idea de un estilo general y estable.
La educación debería ampliar el repertorio de estrategias del estudiante, no encerrarlo en una categoría.
Qué sí ayuda a aprender mejor
La alternativa no es enseñar exactamente igual a todo el mundo. La alternativa es utilizar estrategias con mejor apoyo en la investigación educativa y cognitiva.
Práctica de recuperación
Consiste en intentar recordar activamente lo estudiado sin consultar de inmediato el material. Preguntas, tarjetas, explicaciones con palabras propias y pruebas breves ayudan a fortalecer el acceso a la información.
Repaso espaciado
Distribuir el estudio en varios momentos suele ser más eficaz que concentrarlo todo en una sola sesión. El espaciado obliga a recuperar la información después de cierto olvido y favorece una retención más duradera.
Ejemplos y práctica guiada
Los ejemplos resueltos, la práctica gradual y la retroalimentación clara ayudan a construir conocimientos y evitar errores persistentes. La dificultad debe ajustarse al nivel del estudiante, no a una supuesta modalidad sensorial dominante.
Elaboración y conexión con conocimientos previos
Explicar por qué una idea es cierta, relacionarla con ejemplos y conectarla con conocimientos anteriores favorece la comprensión. Aprender no consiste solo en recibir información, sino en organizarla y usarla.
Combinar formatos puede ser útil
Rechazar los estilos de aprendizaje no significa rechazar el uso de varios formatos. Un buen diagrama puede aclarar una explicación verbal; una actividad práctica puede consolidar una idea abstracta; un resumen escrito puede organizar lo aprendido.
La combinación funciona cuando cada formato aporta información relevante y está bien coordinado. Añadir imágenes decorativas, sonidos innecesarios o actividades sin relación con el objetivo puede distraer en lugar de ayudar.
Aprender bien no consiste en encerrarse en una modalidad, sino en utilizar distintas vías de forma estratégica.
Preferencia no equivale a aprendizaje profundo
Una estrategia puede sentirse cómoda y, aun así, no ser la más eficaz. Releer apuntes o subrayar repetidamente puede producir sensación de familiaridad, pero recordar sin mirar, resolver problemas o explicar una idea suele exigir más esfuerzo y generar mejor aprendizaje.
Esta diferencia entre sensación de fluidez y aprendizaje real también aparece en el estudio de la memoria, el aprendizaje y la plasticidad cerebral. El esfuerzo cognitivo bien dosificado puede ser una señal de que el aprendizaje está siendo más profundo, no de que el método sea incorrecto.
El papel del sueño y la atención
El sueño influye en atención, memoria y consolidación del aprendizaje. Un estudiante cansado puede rendir peor aunque el formato coincida con su preferencia. Por eso conviene evitar explicaciones monocausales y considerar factores básicos como descanso, práctica y contexto.
La relación entre descanso, ritmos biológicos y funcionamiento cerebral se desarrolla en sueño, ritmos circadianos y cerebro.
Cómo personalizar la enseñanza sin recurrir al mito
Personalizar no significa asignar una etiqueta. Puede significar ajustar la dificultad, ofrecer apoyo adicional, variar ejemplos, dar más tiempo, proporcionar retroalimentación específica o adaptar la secuencia según el conocimiento previo.
- Comprobar qué sabe el estudiante antes de empezar.
- Presentar objetivos claros.
- Seleccionar el formato adecuado para el contenido.
- Combinar explicación, práctica y recuperación.
- Corregir errores con retroalimentación específica.
- Permitir diferentes ritmos sin asumir estilos fijos.
- Evaluar aprendizaje real, no solo satisfacción.
Este enfoque reconoce diferencias individuales sin convertirlas en categorías rígidas.
La teoría de la codificación dual no valida los estilos
A veces se utiliza la codificación dual para defender los estilos de aprendizaje, pero son ideas distintas. La codificación dual propone que la información puede representarse mediante componentes verbales y visuales, y que una combinación bien diseñada puede facilitar la comprensión y el recuerdo.
Eso no implica que unas personas sean exclusivamente visuales y otras exclusivamente verbales. Significa que determinados contenidos pueden beneficiarse de representaciones complementarias. Un esquema acompañado de una explicación clara puede ayudar a muchos estudiantes, siempre que ambos elementos estén coordinados y no compitan por la atención.
La clave vuelve a estar en el diseño del material y en la naturaleza del contenido, no en una etiqueta individual fija.
Neurodiversidad y necesidades educativas reales
Rechazar los estilos de aprendizaje no significa ignorar la neurodiversidad ni las necesidades educativas específicas. Algunas personas pueden necesitar adaptaciones por dificultades sensoriales, lingüísticas, atencionales, motoras o de procesamiento.
Estas adaptaciones deben basarse en necesidades observables y evaluadas: mayor contraste visual, subtítulos, lectores de pantalla, más tiempo, instrucciones fragmentadas, reducción de distractores, apoyos manipulativos o formatos accesibles. No deben confundirse con la idea de que toda persona pertenece a un estilo sensorial general.
La diferencia es importante. Una adaptación responde a una barrera concreta; una etiqueta de estilo pretende explicar de manera global cómo aprende una persona. La primera puede ser necesaria y útil. La segunda carece de respaldo suficiente como sistema general de enseñanza.
Cómo comprobar si una estrategia funciona
La mejor forma de evaluar una estrategia no es preguntar únicamente si resultó agradable o fácil. Conviene comprobar si mejora la comprensión, el recuerdo y la capacidad de aplicar lo aprendido después de cierto tiempo.
- Realizar una prueba sin consultar el material.
- Explicar el concepto con palabras propias.
- Resolver un problema nuevo.
- Comparar el rendimiento tras varios días.
- Identificar errores y corregirlos.
Una estrategia puede sentirse exigente y, sin embargo, producir mejor aprendizaje. Por eso la evidencia de rendimiento es más útil que la impresión inmediata de comodidad.
Errores frecuentes sobre los estilos de aprendizaje
- “Cada persona tiene un canal dominante”: no hay evidencia sólida de un estilo general que determine cómo aprende en todas las materias.
- “Si me gusta estudiar con imágenes, soy visual”: una preferencia no demuestra una ventaja general de aprendizaje.
- “Usar varios formatos valida los estilos”: combinar formatos puede ayudar por razones ligadas al contenido, no por emparejamiento con etiquetas.
- “Todos aprenden exactamente igual”: falso. Existen diferencias reales, pero no se describen bien con la clasificación visual-auditivo-kinestésico.
- “Los tests identifican el método óptimo”: suelen medir preferencias declaradas, no demostrar qué método produce mejor rendimiento.
Una formulación más rigurosa
Las personas pueden tener preferencias de estudio y diferencias reales en conocimientos, habilidades y ritmo de aprendizaje. Sin embargo, no hay apoyo sólido para clasificarlas en estilos fijos visuales, auditivos o kinestésicos y adaptar toda la enseñanza a esa etiqueta.
Es más útil enseñar estrategias eficaces, ajustar el apoyo al nivel del estudiante y escoger el formato según el contenido. Esta formulación conserva lo que hay de cierto —las personas no aprenden todas de la misma manera en todo momento— sin caer en el neuromito.
Conclusión
No hay buenas razones para tratar a una persona como “visual”, “auditiva” o “kinestésica” de forma rígida. Sí hay razones para usar imágenes, explicaciones, práctica, ejemplos, conversación, escritura y actividades cuando el contenido lo necesita.
El mito resulta atractivo porque promete una personalización sencilla. Pero aprender no depende de encontrar una etiqueta, sino de aplicar buenas estrategias, practicar con sentido y recibir explicaciones adecuadas.
La enseñanza eficaz no consiste en encajar a cada estudiante en una categoría. Consiste en ayudarle a usar más recursos, no menos.
Bibliografía y fuentes recomendadas
- Pashler, H., McDaniel, M., Rohrer, D. & Bjork, R. (2008). “Learning Styles: Concepts and Evidence”. Psychological Science in the Public Interest.
- Coffield, F., Moseley, D., Hall, E. & Ecclestone, K. (2004). Learning Styles and Pedagogy in Post-16 Learning. Learning and Skills Research Centre.
- Roediger, H. L. & Karpicke, J. D. (2006). “Test-Enhanced Learning”. Psychological Science.
- Dunlosky, J. et al. (2013). “Improving Students’ Learning With Effective Learning Techniques”. Psychological Science in the Public Interest.
- Education Endowment Foundation. “Learning styles”. Teaching and Learning Toolkit.

